# MI QUERIDA PROMOCIÓN
¿Ustedes creen que la belleza es solamente perfección, orden y tranquilidad?
Pues no, están equivocados. La belleza también viene del caos, y ese caos somos nosotros.
Porque la belleza no siempre está en las cosas que salen bien, en los momentos perfectos o en los días en los que todo parece estar en su lugar. A veces, está en las risas que no podemos controlar, en las peleas que parecían no tener solución y en esos pequeños momentos que, sin darnos cuenta, terminan convirtiéndose en los más importantes de nuestras vidas.
Y si algo aprendí durante estos cuatro años, es que no hace falta que todo sea perfecto para que algo sea inolvidable.
Cada recuerdo, cada risa, cada pelea y cada tontería quedarán guardados en las paredes azules de nuestro colegio. Porque, aunque a veces no nos demos cuenta, dejamos una pequeña parte de nosotros en esos salones, en esos pasillos y en cada lugar donde alguna vez estuvimos juntos.
Fueron cuatro años junto a ustedes. Cuatro años que, si me hubieran preguntado al principio cuánto iban a significar para mí, probablemente no habría sabido qué responder.
Y ahora que estamos llegando al final, me doy cuenta de que no deberíamos estar tristes porque esto está acabando, sino felices porque alguna vez tuvimos la oportunidad de vivirlo.
Agradezco a Dios por haberme presentado a cada uno de ustedes… aunque con Diego todavía tengo algunas dudas. JAJAJA. Mentira, te quiero.
Pero, hablando en serio, estos cuatro años fueron maravillosos. Ganar en las Olimpiadas, Autor y Obra, Cultura General y poder celebrar nuestros logros juntos son de esas cosas que algún día vamos a recordar con una sonrisa.
Pero no todo fueron premios y competencias. También están esas experiencias que hicieron que nuestra historia fuera diferente.
¿Se acuerdan de nuestro paseo de estudios? Cantando canciones en inglés y en español como si estuviéramos dando nuestro propio concierto y, por supuesto, Jaime y Claudia bailando delante del bus. Porque nosotros podíamos convertir cualquier situación en un espectáculo.
También recuerdo nuestras primeras Olimpiadas, cuando quedamos en segundo puesto. Estábamos tristes porque queríamos ganar, pero terminamos abrazándonos, tirándonos torta y corriendo por todo el patio.
Porque sí, nosotros podíamos pasar de estar decepcionados por un resultado a terminar persiguiéndonos con torta en la cara.
Y cómo olvidar cuando correteábamos a Joshua por su cumpleaños para tirarle agua, harina y huevos. JAJAJA. Definitivamente, nuestros cumpleaños nunca fueron tranquilos.
Ni tampoco aquel final de año en el que terminamos tirándonos pintura y talco. Porque, al parecer, nosotros no sabíamos despedir un año sin hacer un desastre.
Y, por supuesto, cuando la miss Sarita nos quitó los furulocos. Quizá en ese momento no nos hizo tanta gracia, pero ahora son de esas cosas que terminamos recordando entre risas.
Y Fabián cantando *Amar y querer*, de José José. Porque en esta promoción también teníamos nuestros propios conciertos y artistas. JAJAJA.
Son recuerdos que quizá en su momento parecían simples, pero que hoy forman parte de nuestra historia. Y creo que eso es lo bonito de los recuerdos: nunca sabemos cuándo estamos viviendo uno.
También recuerdo aquella experiencia en la que fuimos a limpiar las playas de Las Delicias y terminamos nuestro recorrido en Huanchaco, disfrutando de la playa y compartiendo un día diferente.
Y es curioso, ¿no? Porque seguramente, cuando vivimos todas esas cosas, no pensábamos en que algún día las recordaríamos con nostalgia. Simplemente estábamos ahí, riéndonos, cantando, bailando, compitiendo y disfrutando de estar juntos.
Como todo salón, tuvimos nuestras diferencias, nuestras discusiones y nuestras peleas. Hubo momentos en los que probablemente quisimos mandarnos muy lejos, pero, en el fondo, nunca dejamos de formar parte de la vida de los demás.
Y creo que eso es lo bonito de nosotros. No fuimos un salón perfecto. Fuimos un salón real. Uno que se peleaba, se reía, se molestaba, se perdonaba y, de alguna manera, siempre terminaba encontrando el camino de regreso.
Porque detrás de cada discusión había personas que, aunque no siempre supieran demostrarlo, habían aprendido a quererse.
Y ahora que pienso en todo lo que vivimos, me doy cuenta de que voy a extrañar mucho más que los grandes acontecimientos.
Voy a extrañar lo cotidiano.
Verlos al llegar, escuchar sus voces, ocupar los mismos lugares, compartir conversaciones que no iban a ninguna parte y reírnos por cosas que probablemente nadie más entendería.
Voy a extrañar nuestras bromas, nuestras quejas, nuestros nervios antes de una competencia y esa sensación de saber que, aunque el día estuviera mal, siempre había alguien ahí.
Porque quizá no nos dimos cuenta, pero mientras estábamos preocupados por exámenes, tareas, competencias y problemas, estábamos construyendo recuerdos.
Y algún día vamos a mirar atrás y entender que esos fueron los días que tanto queríamos que pasaran rápido… y que, sin saberlo, hubiéramos querido detener.
En unos años espero verlos convertidos en grandes arquitectos, médicos, abogados, cirujanos, químicos y profesionales de todo tipo. Espero que cada uno consiga aquello que alguna vez soñó en estos salones.
Espero que la vida les dé oportunidades para crecer y que nunca tengan que renunciar a aquello que los hace felices.
Y quién sabe… quizás algún día nos volvamos a encontrar.
Quizás estemos todos mucho más grandes, con trabajos, responsabilidades y vidas completamente diferentes. Quizás ya no recordemos algunas cosas. Pero estoy segura de que bastará con que alguien diga: «¿Se acuerdan de cuando…?» para que terminemos riéndonos como si no hubieran pasado los años.
Y nos acordaremos de los paseos, de las canciones, de las tortas, de las Olimpiadas y de todas esas locuras que solo nosotros podemos entender de la misma manera.
Porque al final, eso es lo que nos llevamos: los recuerdos.
Por eso también quiero agradecer a nuestras madres, que siempre estuvieron ahí, aplaudiendo nuestros logros, por más pequeños que fueran; participando en cada evento, apoyándonos, acompañándonos y haciendo que cada uno de nosotros se sintiera querido.
Y también quiero agradecer a la mejor tutora: mi Sarita.
Alguien que nos quiere como si fuéramos sus hijos, que nos escucha, nos aconseja y, sobre todo, nos enseña a ser mejores personas y alumnos cada día.
Personas como ella no se encuentran en todos lados, así que un aplauso para ella: ¡la mami!
Ella dejó de ser solamente nuestra docente para convertirse en alguien en quien podíamos confiar. Alguien que supo ver el potencial de cada uno de nosotros y que hizo todo lo posible por ayudarnos a aprovecharlo.
Y creo que, cuando pase el tiempo, también vamos a extrañar esas cosas: sus consejos, sus llamadas de atención y sus palabras, que ahora entendemos que eran por nuestro bien.
Gracias, Sarita, por formar parte de nuestras vidas y por acompañarnos durante estos cuatro años.
Gracias también al profesor Jorge, nuestro Supremo, y a mis Morelia, Paola y Ester, por contribuir a nuestra formación y dejar un poquito de ustedes en esta etapa.
Porque un colegio no está hecho solamente de paredes, carpetas y pizarras. También está hecho de las personas que pasan por él y que, de alguna manera, nos ayudan a convertirnos en quienes somos.
Y ahora, decir que todo esto está llegando a su final se siente extraño.
Porque durante mucho tiempo parecía que este momento estaba lejísimos. Parecía que todavía faltaba muchísimo para que llegara el día en que tendríamos que despedirnos.
Y ahora estamos aquí, viendo cómo una etapa que parecía eterna está llegando a su final.
Gracias por cada momento. Por cada logro, por cada risa, por cada pelea, por cada tontería, por cada abrazo, por cada evento y por todas esas cosas que vivimos juntos.
Gracias incluso por esos días que parecían aburridos, porque ahora sé que algún día también voy a extrañar hasta eso.
Porque el tiempo no se detiene. Nosotros vamos a crecer, vamos a cambiar, vamos a conocer nuevas personas y probablemente nuestras vidas tomen caminos completamente diferentes.
Pero siempre habrá una parte de nosotros que se quedó aquí.
En estas paredes azules.
En nuestras carpetas.
En nuestras risas.
En las fotos que hoy tomamos sin pensar demasiado.
En cada premio que celebramos.
En cada problema que resolvimos juntos.
Y quizá dentro de muchos años, cuando ya no seamos los mismos, volvamos a ver una de esas fotos y pensemos:
«Éramos felices y ni siquiera sabíamos que estábamos viviendo uno de los mejores momentos de nuestra vida».
Eso es lo que me llevo de ustedes.
No solamente los premios.
No solamente las competencias.
Me llevo la certeza de que alguna vez fuimos un grupo de personas que coincidió en el mismo lugar, en el mismo momento, y que tuvo la suerte de compartir cuatro años de su vida.
Y eso es algo que el dinero jamás podría comprar.
Gracias a cada uno de ustedes: Claudia, Yoshimar, Fabián, Eduardo,Rafael, Malú, Saúl, Diego, Jaime, Joshua, Santiago, Iván y Carlos.
Y si algún día la vida nos lleva por caminos diferentes, espero que nunca olvidemos de dónde venimos.
De este salón.
De estas paredes azules.
De nuestras risas, nuestras peleas, nuestras locuras y todos esos recuerdos que nos hicieron crecer.
Porque, al final, la belleza nunca estuvo en que todo fuera perfecto.
Estuvo en haberlo vivido juntos.
Y si algún día alguien nos pregunta qué tuvo de especial nuestra promoción, espero que podamos sonreír y decir que tuvimos la suerte de compartir nuestras vidas con personas que hicieron que hasta los días más ordinarios se volvieran extraordinarios.
Porque nosotros no fuimos perfectos.
Fuimos nosotros.
Y qué hermoso fue formar parte de esta historia.
Gracias por todo.
Los amo con todo mi corazón